| LA FIESTA DE
LAS LUPERCALES |
Y siguen cumpliéndose los deseos de
Dómina Zara Esta vez el de que sus equipadas salas sirvan también
como lugar de encuentro de parejas y grupos. Así, un grupo de
amigos y amantes del BDSM, La Onorata Società, escogió
el Fetish Café para celebrar hace pocos días una fiesta.
Los participantes fueron llegando puntualmente, siendo atendidos por
las alumnas y esclavos de la Escuela. Los recibieron el eficiente y
encantador coordinador de ese grupo, junto a su deliciosa esclava, y,
naturalmente, nuestra gran Señora, que como buena anfitriona
les mostró orgullosa las nuevas instalaciones.
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La fiesta se inició con una representación de las antiquísimas
lupercales de la era romana. El oficiante nos explicó que cada
15 de febrero, en Roma, se celebraban estas fiestas en honor del dios
Pan, tradición que tiene sus raíces en la mítica
fundación de la ciudad. Ante una imaginaria cueva presidida por
la diosa Loba (papel protocolario que recayó en Dómina Zara),
el oficiante ató a su esclava en una tarima y la purificó
vertiéndole cera por todo su cuerpo. Luego la colgó verticalmente
para azotarla, recordando así a los jóvenes romanos que
ese día inflingían tal castigo con tiras de piel a las púberes
mozas que conseguían atrapar. Finalmente invitó a los asistentes
a continuar la representación. Se trataba de que las Amas y Amos
que quisieran participar introdujeran en una urna los nombres de sus esclavas
y esclavos, para luego azotar a la esclava o al esclavo que les tocara
en suerte. Personalmente me correspondió una preciosa y bien adiestrada
esclava, quien, curiosamente, ya me había llamado la atención
a su llegada al Fetish Café, puesto que, guiada por su orgulloso
Amo, entró con los ojos vendados para que tuviera un primer contacto
con las instalaciones a ciegas, juego que siempre me ha provocado una
grata sensación y que procuro practicar siempre que puedo. Situé
a la esclava con la cabeza apoyada en un potro y me dispuse a levantarle
la preciosa falda de encaje que lucía esa noche. Así descubrí
la suave y blanca piel de sus redondeadas posaderas, a las que apliqué
un suave castigo empezando con mi mano desnuda y prosiguiendo con otros
variados utensilios de spanking. Al no haber nada pactado de antemano,
pedí consejo a su Amo para aplicarle cera. Me indicó muy
amablemente que la untara antes con crema o lubricante para evitar posibles
marcas. Su culo quedó precioso todo moteado de rojo, lo que incitó
a su Amo a perpetuar esa imagen con una foto. Todo un detalle. Para terminar
y premiar a la obediente esclava le apliqué un excitante castigo
genital. Debo confesar que quedé muy satisfecho y más cuando
la propia esclava me lo agradeció. Pero la gracia y magnitud del
evento radicaba en que la casi totalidad de los asistentes estaba realizando,
asimismo, castigos similares. Como el azar fue total, a algún Ama
o Amo le correspondió una esclava o un esclavo que no tenía
el género o la identidad sexual a que el Dominante estaba habituado
en sus prácticas. A pesar de ello, todos cumplieron con el ancestral
rito con absoluta seriedad y maestría.
Con esa magnífica e histórica representación empezó
una noche en la que se llevaron a cabo los más variados juegos.
No creo que quedase ninguna instalación o aparato por utilizar:
cruces, polipastos, tarimas, escaleras, potros, camillas, jaulas... Esa
noche las pinzas, varas, látigos, dildos, esposas, cuerdas no tuvieron
descanso. Entre juego y juego, una copa, un cigarrillo y probar los apetitosos
bocaditos que nos ofrecía Sergio, el atento mayordomo de la Escuela,
y aprovechar para alternar, conocernos e intercambiar ideas, técnicas
y hablar de nuestro amplio y variado estilo de vida. Todo un lujo realzado
por la exquisitez, buen tono y gran educación que imperó
durante toda la noche y hasta la madrugada. Y claro, fueron surgiendo
más juegos para practicar y participar, aunque sólo puedo
dar fe de los que viví más directamente. Por ejemplo, cuando
encerraron en una jaula a una esclava y a una transformista, con una bandeja
de preservativos, para que lamieran los sexos de quienes quisieran probar
sus habilidades orales. Me aseguraron que la esclava transformista era
una auténtica y experta comedora de penes, y ahora puedo asegurarles
que fue capaz de no soltar mi sexo en un buen rato hasta que fui relevado.
En otro momento tuve la oportunidad de observar como una Ama ensillaba
a su esclavo con una silla de montar adaptada a su cuerpo, lo que le convertía
en un excelente ponyboy, provocando cierto revuelo entre las demás
Señoras que quisieron probar el nuevo artilugio. Mientras me ocurrían
estas y otras cosas, podía oír como en salas contiguas se
alternaban chasquidos de castigo y expresiones de placer o de dolor (a
veces algo difícil de precisar incluso para un experto), con lo
que pretendo dar a entender la variedad de anécdotas y situaciones
que se vivieron, de las que sólo pude vivir o ver una mínima
parte. Una crónica completa precisaría del relato individualizado
de todas y cada una de las personas que asistieron.
Una noche llena y redonda como la luna que lucía en el exterior,
la primera noche de lo que será una estrecha colaboración
entre la Onorata Società y el Fetish Café.
Y Dómina Zara, agradecida, satisfecha y reluciente.
Gracias a todos.
Robert Vicius 20/02/2003
robertvicius@yahoo.es
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